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miƩrcoles, 4 de marzo de 2026

Lorismo libertario y populista


 Una hilera de cajeros automĆ”ticos que nadie utiliza. Dos plantas prĆ”cticamente desiertas. Apenas una persona detrĆ”s de las cajas, un empleado en el sector cuentas, un agente de seguridad privada y el gerente. AsĆ­ luce hoy la sucursal del Banco Santander ubicada sobre la calle Independencia, en el corazón de Marcos Paz.


Hasta allĆ­ fuimos para intentar confirmar o desmentir la versión que comenzó a circular en los Ćŗltimos dĆ­as: el inminente cierre de la entidad. Ante nuestra consulta, el gerente se limitó a responder que, por “normas de la empresa”, no podĆ­a realizar declaraciones. “No puedo confirmar ni desmentir nada”, aseguró. Silencio corporativo.


Lo que no fue silencioso fue el anuncio de los concejales libertarios, quienes afirmaron pĆŗblicamente que el Santander cerrarĆ­a “debido a las altas tasas que cobra el Municipio”. 


La explicación suena, como mĆ­nimo, a burla. Nadie en su sano juicio puede creer que una entidad financiera abandona una plaza porque no puede afrontar una tasa municipal. 


Un banco que no pudiera pagar tributos locales difícilmente estaría en condiciones de custodiar los depósitos de sus clientes.


La irresponsabilidad polĆ­tica fue un paso mĆ”s allĆ” cuando se deslizó que otras entidades financieras podrĆ­an seguir el mismo camino. En Marcos Paz funcionan apenas tres bancos: Nación, Provincia y el mencionado Santander. 


Este medio recorrió las tres sucursales en busca de información concreta. Tanto el Banco Provincia como el Banco Nación rechazaron de plano esa versión y operan con absoluta normalidad. La única sede que muestra una actividad llamativamente reducida es la del Santander, que ya parece mÔs cerrada que abierta.


Afirmar livianamente que bancos oficiales podrĆ­an abandonar el distrito no es un dato menor. En un paĆ­s con la memoria financiera que tiene la Argentina, donde las crisis bancarias dejaron marcas profundas —basta recordar 2001— sembrar sospechas puede generar temores innecesarios entre ahorristas y comerciantes.


El cierre de una sucursal bancaria rara vez responde a una única variable. Mucho menos a una tasa municipal. En términos mileístas de costo-beneficio, el anÔlisis parece mÔs simple: alquiler, salarios, servicios, mantenimiento y gastos operativos frente a una sucursal con escaso movimiento. Si la actividad cae, la rentabilidad también.


Y la actividad comercial viene en descenso sostenido. La caída del consumo, la retracción del crédito y la contracción económica impactan de lleno en el sistema financiero. Menos depósitos, menos préstamos, menos transacciones. En ese contexto, la decisión de una entidad privada suele responder a números antes que a discursos.


El lorismo libertario no hace mƔs que repetir slogans populistas como mantra sagrado, dejando al descubierto una pobreza intelectual pocas veces vista en la polƭtica local.


Reducir la complejidad económica a la muletilla de “las tasas municipales” puede servir para el titular fĆ”cil, pero no explica la realidad. La economĆ­a no se mueve por consignas, sino por flujo de capital, actividad productiva y confianza.


Limitar el cierre de una sucursal bancaria a una tasa municipal no es un anĆ”lisis: es propaganda. 


El neoliberalismo aplica un ajuste que enfrĆ­a la economĆ­a, reduce el consumo y paraliza el crĆ©dito. Luego, cuando las consecuencias aparecen —comercios vacĆ­os, empresas que se retiran, bancos que achican estructura— se busca un culpable cercano y conveniente.


Pero la escena del banco vacío no es una casualidad ni una conspiración tributaria. Es la fotografía local de un modelo económico nacional que estÔ contrayendo la actividad. Y esa responsabilidad no puede diluirse detrÔs de un eslogan.

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