Una hilera de cajeros automÔticos que nadie utiliza. Dos plantas prÔcticamente desiertas. Apenas una persona detrÔs de las cajas, un empleado en el sector cuentas, un agente de seguridad privada y el gerente. Asà luce hoy la sucursal del Banco Santander ubicada sobre la calle Independencia, en el corazón de Marcos Paz.
Hasta allĆ fuimos para intentar confirmar o desmentir la versión que comenzó a circular en los Ćŗltimos dĆas: el inminente cierre de la entidad. Ante nuestra consulta, el gerente se limitó a responder que, por “normas de la empresa”, no podĆa realizar declaraciones. “No puedo confirmar ni desmentir nada”, aseguró. Silencio corporativo.
Lo que no fue silencioso fue el anuncio de los concejales libertarios, quienes afirmaron pĆŗblicamente que el Santander cerrarĆa “debido a las altas tasas que cobra el Municipio”.
La explicación suena, como mĆnimo, a burla. Nadie en su sano juicio puede creer que una entidad financiera abandona una plaza porque no puede afrontar una tasa municipal.
Un banco que no pudiera pagar tributos locales difĆcilmente estarĆa en condiciones de custodiar los depósitos de sus clientes.
La irresponsabilidad polĆtica fue un paso mĆ”s allĆ” cuando se deslizó que otras entidades financieras podrĆan seguir el mismo camino. En Marcos Paz funcionan apenas tres bancos: Nación, Provincia y el mencionado Santander.
Este medio recorrió las tres sucursales en busca de información concreta. Tanto el Banco Provincia como el Banco Nación rechazaron de plano esa versión y operan con absoluta normalidad. La única sede que muestra una actividad llamativamente reducida es la del Santander, que ya parece mÔs cerrada que abierta.
Afirmar livianamente que bancos oficiales podrĆan abandonar el distrito no es un dato menor. En un paĆs con la memoria financiera que tiene la Argentina, donde las crisis bancarias dejaron marcas profundas —basta recordar 2001— sembrar sospechas puede generar temores innecesarios entre ahorristas y comerciantes.
El cierre de una sucursal bancaria rara vez responde a una Ćŗnica variable. Mucho menos a una tasa municipal. En tĆ©rminos mileĆstas de costo-beneficio, el anĆ”lisis parece mĆ”s simple: alquiler, salarios, servicios, mantenimiento y gastos operativos frente a una sucursal con escaso movimiento. Si la actividad cae, la rentabilidad tambiĆ©n.
Y la actividad comercial viene en descenso sostenido. La caĆda del consumo, la retracción del crĆ©dito y la contracción económica impactan de lleno en el sistema financiero. Menos depósitos, menos prĆ©stamos, menos transacciones. En ese contexto, la decisión de una entidad privada suele responder a nĆŗmeros antes que a discursos.
El lorismo libertario no hace mĆ”s que repetir slogans populistas como mantra sagrado, dejando al descubierto una pobreza intelectual pocas veces vista en la polĆtica local.
Reducir la complejidad económica a la muletilla de “las tasas municipales” puede servir para el titular fĆ”cil, pero no explica la realidad. La economĆa no se mueve por consignas, sino por flujo de capital, actividad productiva y confianza.
Limitar el cierre de una sucursal bancaria a una tasa municipal no es un anƔlisis: es propaganda.
El neoliberalismo aplica un ajuste que enfrĆa la economĆa, reduce el consumo y paraliza el crĆ©dito. Luego, cuando las consecuencias aparecen —comercios vacĆos, empresas que se retiran, bancos que achican estructura— se busca un culpable cercano y conveniente.
Pero la escena del banco vacĆo no es una casualidad ni una conspiración tributaria. Es la fotografĆa local de un modelo económico nacional que estĆ” contrayendo la actividad. Y esa responsabilidad no puede diluirse detrĆ”s de un eslogan.



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